crónica

Un día en comunidad

¿Qué puedo hacer un sábado a las ocho de la mañana más que dormir? Juntarme con un movimiento religioso. Ese día decidí conocer otra forma de vivir la espiritualidad. Y creo que voy a volver.

Mi amiga Flora hace dos años empezó a ir a un grupo de jóvenes que integran una comunidad católica. Muchas veces me insistió en que la acompañe. Hasta que un día de vacaciones le dije que sí.

Llegamos a la parroquia Madre de la Misericordia de Avellaneda. No había nadie ni adentro ni en la calle. El cielo estaba nublado, y la humedad se hacía sentir. Llegaron un par de chicos y entramos. Me comía la intriga, no paraba de preguntarle a Flora qué es lo que hacían. “Te va a parecer que es un grupo de autoayuda”, me dice. Yo la cargo y le respondo: “Bueno, soy Julieta y hace dos meses dejé el cigarrillo”.

Nos recibió una chica que nos había invitado. Al verme se sorprendió por mi asistencia. Debe ser común que la mayoría de la gente a la que convocan no vayan. Todos los del grupo se saludaban con un abrazo fuerte. No puedo negar que era algo poco cotidiano para mí. Me ofrecieron un mate, y me dio lástima rechazarlo, pero la verdad es que no tomo. Hacía mucho que no me sentía tan tímida. Y se me notaba. De repente llegó el padre de la parroquia. A él lo conozco de las misas y del colegio de la congregación al que asistí durante doce años. Me saludó y en broma me dijo: “Vas a ver que estos chicos no están bien de la cabeza, pero quedate tranquila que no hacen nada. Sólo están un poco fallados”. Era increíble la buena onda que se sentía.

Una vez todos presentes, entramos a un salón donde se llevaría a cabo la reunión. Ya estaban sentadas un par de chicas que cantaban y tocaban la guitarra. Todo lo que había en el lugar eran cosas lituanas: banderines, imágenes de curas, hasta un vestido típico que me fascinó: blanco, con una pollera verde y roja voluminosa, y arriba una vincha con cintas.

La reunión duró tres horas amenas. Comenzó con una canción en la que uno podía aplaudir, moverse, hacer lo que sentía. Luego nos sentamos y me hablaron sobre la comunidad: quiénes eran y qué hacían. Nos invitaron a formar grupos de tres personas y hablar sobre qué nos impediría estar en ese momento. Flora se fue con otras dos personas, así que conocí a una chica y a un chico. Ella era la que más hablaba, y me explicaba todo.

Después hubo un momento de oración poco atípica: teníamos que cerrar los ojos y compartir nuestras plegarias con los compañeros que nos había tocado. Al mismo tiempo, tocaban una canción dos chicas. A todo se respondía “amén”, “sí señor”.

Más tarde llegó la ocasión de compartir “la palabra”. Con ojos también cerrados, todos escuchamos una cita del Nuevo Testamento. Cuando terminaron de leerla, nos juntamos los tres, más dos chicos que se nos unieron y el cura, y compartimos cómo imaginamos a quienes protagonizaban el pasaje. Las chicas volvieron a cantar un par de canciones a modo de oración. Había quienes se pararon y bailaban en el lugar. Para muchos era catártico. Un chico que conocí en el colegio de repente agradeció a Jesús que yo me haya unido. Realmente me sentí bienvenida. ¡Hasta me habían llamado “hermana Julieta”!

Para cerrar, cada uno podía compartir lo que sintiera. Y ahí les di las gracias. Una vez finalizada la reunión, me preguntaron cómo la pasé y me dijeron que me iban a decir cuándo se va a hacer la próxima juntada. Espero poder volver. Cada tanto es bueno conectarse con lo espiritual.

 

 

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